La influencia del
ambiente externo en los hábitos alimenticios.
El
problema de sobrepeso y obesidad presenta dos vertientes. Por un lado, es un
problema individual que, sin embargo, al no estar aisladas las personas y vivir
en sociedad, aparece la segunda vertiente, que es la suma de las influencias
que el entorno, las oportunidades o las condiciones de vida tienen un impacto en
las diversas poblaciones.
No son
erróneas las actuales estrategias para prevenir y revertir el incremento de
obesidad centradas en que cada persona. Es fundamental que cambien individualmente
sus hábitos alimenticios, como es consumir más productos ricos en proteínas,
vitaminas y minerales y menos ingesta de grasas saturadas y carbohidratos. Por
supuesto, también es importante el incremento de la actividad física.
Hay
que revertir el sobrepeso y la obesidad cambiando conductas y hábitos
personales, pero también hay que considerar el ambiente en el que los hábitos
se desarrollan y en el cual pretenden modificarse.
Nos
referimos al ambiente denominado obesogénico y es el que se refiere a la generalización de ciertos hábitos alimenticios
y de actividad física en grandes grupos de gente.
Para ello hay que tomar en cuenta que en los ambientes
urbanos actuales vive más del 50% de la población mundial, según cifras de la
ONU. Es decir, vivimos en ambientes en los que hay que recorrer grandes
distancias en las ciudades, utilizando medios de transporte que limitan la
actividad física.
La
actividad laboral es otro problema más, ya que es fundamentalmente sedentaria. Incluso,
la oferta alimentaria cercana a los centros de trabajo suele ser muy
deficiente, desde el punto de vista nutricional. La comida está disponible para
un enorme segmento de la población, pero es deficiente en muchos casos. Por el
contrario, las oportunidad de realizar deporte o ejercicio físico y gastar
energía de manera saludable ha disminuido.
Desde
el seno familiar, es donde los niños aprenden los hábitos alimenticios y de
actividad física. Los padres son quienes deben, en un principio, educar para
tener conductas activas o inclinarse hacia la vida sedentaria, permitiendo los
videojuegos o muchas horas de ver televisión.
También
se les enseña a ingerir ciertos alimentos en lugar de otros y sobre el tamaño de las porciones. Ya en el ambiente
escolar, viene el problema de la oferta de productos en tiendas y/o
cooperativas.
Hay
que mencionar otros factores negativos, como la inseguridad, la falta de
alumbrado público, la cercanía a grandes avenidas o la falta de parques y
jardines en los centros de población. Frente a estos factores, hay padres que
prefieren mantener a sus hijos dentro de la casa. Esto se traduce en pasar el
tiempo en espacios cerrados y, por lo tanto, en llevar una vida sedentaria.
El
resultado va a ser que en la vida adulta este panorama no sea demasiado
distinto y aparezcan nuevos problemas como el estrés, la ansiedad, y la
necesidad de una mayor ingesta.
La
solución a todos estos problemas debe abordarse desde una óptica en la que se
contemple moderar la ingesta, sentar las bases para que la ingesta y el gasto
energético se balanceen, programas de educación física obligatoria en las
escuelas y limitar las porciones de productos de dudosa calidad.
Disponer
de más espacios públicos para el ejercicio físico, la redistribución de
espacios de trabajo, migrar de una cultura de transporte motorizado a una de
actividad física, y muchos otros más que aborden el sobrepeso y la obesidad
como un asunto de cambio de hábitos y balance energético.
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