jueves, 5 de septiembre de 2013



La influencia del ambiente externo en los hábitos alimenticios.

El problema de sobrepeso y obesidad presenta dos vertientes. Por un lado, es un problema individual que, sin embargo, al no estar aisladas las personas y vivir en sociedad, aparece la segunda vertiente, que es la suma de las influencias que el entorno, las oportunidades o las condiciones de vida tienen un impacto en las diversas poblaciones.
No son erróneas las actuales estrategias para prevenir y revertir el incremento de obesidad centradas en que cada persona. Es fundamental que cambien individualmente sus hábitos alimenticios, como es consumir más productos ricos en proteínas, vitaminas y minerales y menos ingesta de grasas saturadas y carbohidratos. Por supuesto, también es importante el incremento de la actividad física.
Hay que revertir el sobrepeso y la obesidad cambiando conductas y hábitos personales, pero también hay que considerar el ambiente en el que los hábitos se desarrollan y en el cual pretenden modificarse.
Nos referimos al ambiente denominado obesogénico y es el que se refiere a  la  generalización de ciertos hábitos alimenticios y de actividad física en grandes grupos de gente.
Para ello hay que tomar en cuenta que en los ambientes urbanos actuales vive más del 50% de la población mundial, según cifras de la ONU. Es decir, vivimos en ambientes en los que hay que recorrer grandes distancias en las ciudades, utilizando medios de transporte que limitan la actividad física.
La actividad laboral es otro problema más, ya que es fundamentalmente sedentaria. Incluso, la oferta alimentaria cercana a los centros de trabajo suele ser muy deficiente, desde el punto de vista nutricional. La comida está disponible para un enorme segmento de la población, pero es deficiente en muchos casos. Por el contrario, las oportunidad de realizar deporte o ejercicio físico y gastar energía de manera saludable ha disminuido.
Desde el seno familiar, es donde los niños aprenden los hábitos alimenticios y de actividad física. Los padres son quienes deben, en un principio, educar para tener conductas activas o inclinarse hacia la vida sedentaria, permitiendo los videojuegos o muchas horas de ver televisión.
También se les enseña a ingerir ciertos alimentos en lugar de otros y sobre el  tamaño de las porciones. Ya en el ambiente escolar, viene el problema de la oferta de productos en tiendas y/o cooperativas.
Hay que mencionar otros factores negativos, como la inseguridad, la falta de alumbrado público, la cercanía a grandes avenidas o la falta de parques y jardines en los centros de población. Frente a estos factores, hay padres que prefieren mantener a sus hijos dentro de la casa. Esto se traduce en pasar el tiempo en espacios cerrados y, por lo tanto, en llevar una vida sedentaria.
El resultado va a ser que en la vida adulta este panorama no sea demasiado distinto y aparezcan nuevos problemas como el estrés, la ansiedad, y la necesidad de una mayor ingesta.
La solución a todos estos problemas debe abordarse desde una óptica en la que se contemple moderar la ingesta, sentar las bases para que la ingesta y el gasto energético se balanceen, programas de educación física obligatoria en las escuelas y limitar las porciones de productos de dudosa calidad.
Disponer de más espacios públicos para el ejercicio físico, la redistribución de espacios de trabajo, migrar de una cultura de transporte motorizado a una de actividad física, y muchos otros más que aborden el sobrepeso y la obesidad como un asunto de cambio de hábitos y balance energético.


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